CAPITULO TRES: ¿FIN DE SEMANA? YO LO
LLAMO DESASTRE
La semana había pasado sin muchas incidencias. Haruka
trataba de no involucrarse demasiado con ese chico, no obstante no era
demasiado fácil, puesto que se había adueñado de el que ella llamaba “su grupo
de amigos”.
Masamune Ren se había integrado completamente, tanto en la
clase como en el centro de estudios. Era un chico popular, tanto con las chicas
como con los chicos y, pocos de estos últimos lo detestaban.
Eso era lo que más de los nervios ponía a la rubia. El saber
que él era querido por todos y que la historia se podría repetir hacía que su
cuerpo temblase y que cada noche tuviese pesadillas de, según ella, cosas que
ya había olvidado.
Ese día se había levantado temprano en la mañana y había
limpiado la casa mientras su hermana estaba trabajando. La comida de ese día
sería algo sencillo, nada demasiado laborioso, pues se había pasado la gran
parte del tiempo sobre esforzándose y su cuerpo pedía descanso.
Mientras terminaba de ordenar todo había comenzado a
preparar el Nikujyaga, como el modo de preparación era sencillo, mientras que
todos los ingredientes se cocinaban podía continuar con lo que estaba haciendo
y, para cuando su hermana llegó a casa para la comida, el famoso estofado
estaba listo para ser servido.
Tras haber comido con tranquilidad, escuchando la animada
charla que su hermana tenía con el novio de esta, Haruka recogió su servicio y
lo dejó en el lavaplatos y se dispuso a subir a su habitación.
― Haruka… ¿Ha habido algún cambio? ―la muchacha escuchó la
voz grave del que era su cuñado mientras estaba subiendo uno a uno los
escalones. La muchacha se posicionó de espaldas al hombre y cerró los ojos
levemente lanzando un pequeño suspiro antes de responder:
― No mucho… un poco de falta de aliento, falta de sueño y nervios de punta ― relató
con tranquilidad― Nada por lo que preocuparse, está controlado.
Diciendo esto terminó de subir las escaleras sin dejar que
aquella conversación continuase por más tiempo. Tenía muchas cosas que hacer el
día de hoy y una ducha la ayudaría a despejarse.
Una hora más tarde, la muchacha estaba en la puerta de la
casa familiar y su pie se movía
incesante por la desesperación. Hacía media hora que ella estaba lista para
marcharse y, su hermana que solo tenía que cambiarse de ropa no hacía más que
tardar y tardar.
― ¡Ayame! Baja en este instante o me iré sin ti ―vociferó la
rubia desde final de las escaleras mirando hacia arriba como si de un momento a
otro su hermana fuese a aparecer como una exhalación y pidiéndole disculpas.
Pero tras esperar otro minuto exacto Haruka exhaló un
suspiro y se dispuso a coger sus cosas para ir caminando al negocio de su
hermana. ¿Por qué sería que esa mujer que supuestamente había sido como una
madre para ella era la más problemática de las dos? Siempre teniendo que
esperar por ella, se distraía en el trabajo cada vez que ella estaba allí para
ayudarle, era patosa y a veces se equivocaba al servirles a los clientes.
― No entiendo como tanta gente sigue visitando el café ―
murmuró mientras salía por la puerta escuchando un inútil ruego de Ayame porque
la esperase.
Caminó lentamente sabiendo que, tardo o temprano, su adorada
pero exasperante hermana mayor se posicionaría a su lado. Porque sí, aunque
Haruka sostuviese que la sacaba de sus casillas en innumerables ocasiones, a
ella le gustaba hacer rabiar un poco a la mayor. Le resultaba divertido ver sus
expresiones y escuchar las protestas dignas de una niña de ocho años, no de una
mujer de la edad de Sohma Ayame.
En el rostro de la menor se dibujó una sonrisa fina y bien perfilada,
alegre y encantadora, la cual le habría durado hasta llegar al establecimiento
donde, como ella habría supuesto, las demás trabajadoras esperaban al borde de
la desesperación.
― ¿Cómo es que la propia dueña casi siempre llega tarde? ―
preguntó una de ellas, la muchacha de cabellos negros y lacios podía rondar los
veintiún años y su mirada color azul se centraba en los ojos ambarinos de la
mayor de las hermanas. ― De no ser por Haruka-chan siempre tendríamos que abrir
una hora más tarde. ― La menor contuvo una risa en ese instante.
― Perdón, perdón, Risa-chan ― se disculpó Ayame mirando a la
morena con cara de arrepentimiento y tras una pequeña pausa, haciendo parecer
que había recapacitado, dio una palmada y una sonrisa boba se dibujó en su
rostro― ¡Ahora a trabajar chicas! ―el jovial gritito había hecho que las demás
chicas, a excepción de Haruka y Risa, se quedasen descolocadas.
Habían pasado un par de horas desde la apertura del negocio
y los clientes entraban y salían del establecimiento con una expresión jovial y
sin ningún signo de estrés en sus rostros.
En el interior del edificio de dos plantas las chicas
servían las mesas en sus uniformes de trabajo.
― Haruka-chan se ve encantadora en ese vestido, la hace ver más
femenina ― se escuchó comentar a un cliente.
La rubia se encontraba en ese momento atendiendo a una
pareja de muchachos de apariencia seria que al parecer cursaban su segundo año
en la universidad de la ciudad. El rostro de la muchacha parecía estar en
completa serenidad, no obstante sus ojos denotaban cierta frialdad. No le
agradaba tener la mirada de tanta gente encima de ella mientras portaba un
traje de china demasiado corto para su opinión – unos tres palmos por encima de las rodillas–,
ajustado a su cuerpo, el color del mismo se asemejaba al color del atardecer y
resaltaban detalles en color dorado de ramas y tallos de sakuras. Las mangas
del vestido eran cortas y pegadas a sus finos brazos. El cierre del mismo se
situaba en el frente partiendo desde el centro del cuello hacia el lado derecho
del cuerpo de la muchacha a la altura de la axila. En el lado opuesto se
situaba un corte de dos palmos de largo en la terminación del vestido, proporcionando
mejor movilidad, no obstante también proporcionaba una visión del muslo de la
muchacha cuando caminaba.
La joven dibujó una pequeña sonrisa en sus labios,
coloreados de color rojo pastel muy semejante al color del vestido. Terminó de
apuntar el pedido de los dos jóvenes en la pequeña libreta y se dispuso a
repetir dicha orden, asegurándose de que esta estaba completa.
― Ahora repetiré su orden ―anunció con voz suave― Un “espumoso
de plátano con chocolate”, un “Mix de frutas veraniegas”, una porción de tarta
pretzels y una orden de Shu matcha cream ―hizo otra pausa mientras se colocaba
uno de los mechones que tenía libres de pelo, pues este lo llevaba recogido en
un moño el cual sujetaban los tipos palillos chinos, tras su oreja adornada con
más de cuatro pendientes― ¿Esta correcto? ―preguntó y tras el asentimiento de
ambos muchachos hizo una pequeña reverencia retirándose del lugar para informar
de la orden.
La tarde de la muchacha se resumía a atender ordenes, ser
amable con gente que no le gustaba o que desconocía y servirles los pedidos en,
según las mismas palabras de la ojiescarlata, “ese ridículo atuendo”.
La tarde comenzaba a llegar a su fin y, tras su pequeño
descanso salió nuevamente del cuarto de trabajadores al interior del
establecimiento, justo cuando la puerta se abrió. Como era costumbre en aquel
lugar todas las trabajadoras que no se encontraban trabajando en ese momento se
giraron desde la posición en la que se encontraban, situado su mirar en
dirección a la puerta de la tienda.
― Bienvenido a su hogar, amo ― el unísono de las voces
femeninas fue bien recogido por el grupo de chicos que habían entrado, al mismo
momento en el que la vista de la muchacha se centraba en la uno de esos
muchachos.
Solo había una palabra para describir como se había quedado
la muchacha. Paralizada. La boca de la chica que había quedado entreabierta,
los ojos de esta, de por si grandes, se habían ensanchado, las pupilas negras
como el carbón casi ocupaban todo el iris rojizo. Haruka no daba crédito a lo
que sus ojos trataban de mostrarle. Su mente negaba el hecho de que aquello
fuese verídico, pero su corazón sabía una cosa.
― Estoy muerta ― murmuró antes de dar media vuelta como si
de aquella manera pudiese evitar que él, que Masamune Ren la viese vestida de
esa guisa. Pero aquello había sido nada más que una reacción tardía por parte
de la joven.
Cerro los ojos, como si aquello la escondiese y, todo a su
alrededor desapareció en un instante. El jolgorio de las voces de los clientes,
las risas o comentarios mables de sus compañeras de trabajo, todo aquello había
desaparecido, solo quedaba el resonar de los pasos masculinos que cada vez
escuchaba más cerca de ella hasta que, por un momento, estos se detuvieron y
notó como una mano grande y cálida se sujetaba alrededor de la su pequeña
muñeca.
“Realmente estoy muerta” ese fue el último pensamiento de
Sohma Haruka.








